En el salón de rituales de la bruja Zoraida, los mellizos dormían profundamente, recostados en una mesa rectangular de piedra. Maray, ansiosa, observaba a su abuela.
—Quédate cerca por si llego a necesitarte, —le dijo Zoraida a su nieta—. También tú, Alfa Rezef —sonrió la anciana, dirigiendo su mirada al Rey lobo de Luna Plateada.
Sin embargo, justo antes de iniciar… ¡Ese Alfa sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo! Era una señal de alerta, un aviso del peligro inminente que acechaba a