La calidez del cuerpo de ella era una de las pocas sensaciones que lograba percibir sobre su mate.
Esta realidad desesperaba a su lobo, quien ardientemente anhelaba marcarla, hacerla únicamente suya para siempre.
Alfa Rezef, con su cabeza apoyada en el hombro de Maray, sintió la humedad del cabello pelirrojo de esa belleza irresistible.
—¿Tomaste un baño?
—Por supuesto —respondió ella al instante—. Un lobo violento y desquiciado me atacó en el bosque, dejándome cubierta de tierra, con ras