—¿Me darías tu teléfono?
—No.
—¿Y sí te invito a un café o a comer lo que quieras?
—No.
—¿Al menos podemos ser amigos?
Me detengo y lo miro directamente para pedirle que se detenga.
—Escucha, no sé quién eres y honestamente, no tengo tiempo para salir, ni nada por el estilo.
—Pero al ser amigo podrás conocerme.
—Lo siento. Estoy casada y ya tengo una hija.
Su mirada pasa de ser una mirada de interés a una de sorpresa.
—Así que, por favor, detente. No me interesa conocer a otro hombre, ni hacer