—¡Toc, toc, toc! —sonaron unos golpes en la puerta mientras el calor del vaso en sus manos le recordaba el calor que había sentido en su cintura momentos antes.
—¿Quién es? —preguntó mientras abría.
Daniel estaba ahí. —Tu zapato.
Lucía se quedó perpleja. Había recuperado la zapatilla que se llevó el perro.
—Gracias, profesor.
—No fue nada.
Por la tarde, Lucía tomó una siesta y se despertó a las dos para ir al laboratorio. Cuando llegó, Carlos estaba ahí pero no vio a Talia.
—Ah, fue a comprar be