Ella estaba aferrada al cuello de Daniel con sus brazos, sus piernas suspendidas enroscadas alrededor de él. Lucía parecía un koala abrazado a un árbol, y Daniel era ese árbol.
—¡Perdón, perdón! No fue mi intención, ese perro me asustó mucho... —se disculpaba Lucía mientras intentaba bajarse, pero las manos de Daniel seguían en su cintura y, aun a través del grueso abrigo, podía sentir su calor abrasador.
Las mejillas de Lucía se tiñeron rápidamente de rojo, el rubor extendiéndose por todo su ro