Diana no podía responder. No podía moverse. Ni siquiera podía respirar.
Lo único que podía oír era el eco de la voz de Reginald, que aún flotaba en el aire, estremeciéndola hasta lo más profundo de su ser.
¿Embarazada del hijo de Reginald? Eso no era solo una locura. Era prácticamente un suicidio.
¿Cómo no iba a ser así? El hombre que tenía delante estaba casado. Ya tenía dos hijas. Y para colmo, era su cuñado.
Mientras tanto, Reginald permanecía de pie frente a ella, su sólida figura co