Mundo ficciónIniciar sesiónUn pueblo como Calcata donde todos se conocen, todos son amigos y todos son familia. La unión es algo muy importante en ese pueblo, pues nadie es enemigo de nadie, nadie se lleva mal con nadie. ¿Pero de verdad todo es tan perfecto? No. En toda perfección siempre hay alguna imperfección. Para poneros un ejemplo que todos conocemos: Lucifer, el arcángel perfecto que dios creó ¿pero de verdad era tan perfecto? Recordemos que fue el que se reveló contra su propio padre. Puede ser perfecto por fuera, pero estaba podrido por dentro. Este es el caso del pueblo, en la cumbre de los riscos, un pueblo hermoso que esconde un gran secreto bajo sus montañas. Y ese gran y oscuro secreto lo esconde su bosque. Brisen es quien descubre ese secreto, es la persona que desvela todos y cada uno de los secretos de ese bosque.
Leer másTracy
—¿Otra vez mirándome, cariño?
La voz me llega ronca, cargada de whisky barato y promesas que nadie pidió. Tres mesas más allá, el tipo del traje gris arrugado sonríe como si ya me hubiera desnudado con los ojos. Es de los que creen que una propina generosa les compra permiso para todo. —No te he dado permiso para usar ese nombre —respondo sin levantar la vista del iPad donde confirmo reservas VIP. Mi voz suena firme, profesional. La que uso con los clientes difíciles. Se ríe, bajo y pegajoso. —Relájate, solo estoy siendo amable. Amable. Claro. En Las Vegas esa palabra suele significar “te voy a tocar aunque no quieras”. Mi cuerpo ya está en alerta máxima: calculo la distancia a seguridad (veinte metros), al botón de pánico bajo la barra (cinco), y al hombre que no ha apartado la mirada de mí en toda la noche. Anatoly Ovechkin. El dueño de todo esto. El rey sin corona de la Strip. Y está mirando al baboso como si estuviera decidiendo en qué fosa del desierto enterrarlo. No es la primera vez que siento sus ojos sobre mí. Llevo seis meses trabajando en el Hospitium, el casino-hotel más exclusivo de Las Vegas, y desde el primer día he notado cómo me observa. No como los demás: no con lujuria barata ni con desprecio por mis curvas. Su mirada es… diferente. Intensa. Como si estuviera memorizando cada detalle. Y eso me aterra tanto como me excita. El tipo gris se levanta. Viene directo hacia mí. M****a. Me giro para escapar hacia el ascensor del personal, pero ya es tarde. —Oye, preciosa —susurra a mi espalda, demasiado cerca—. ¿A qué hora sales? —A ninguna que te importe —digo, y aprieto el botón del ascensor como si pudiera teletransportarme. Las puertas se abren. Entro. Solo quiero llegar a mi casillero, cambiarme estos tacones que me están matando e irme a casa. Mi turno terminó hace diez minutos, y estoy exhausta. Pero él se cuela justo antes de que se cierren. —Ahora sí estamos solos —dice, y su mano ya está en mi cadera. Sus dedos se clavan en la carne a través de la falda negra ajustada. El ascensor empieza a subir. —No. Me. Toques. —Vamos, no seas así… Solo quiero conocerte mejor. Su aliento apesta a bourbon y a arrogancia. Me empuja suavemente contra la pared metálica. El espejo me devuelve mi propia imagen: ojos muy abiertos, mejillas encendidas, el uniforme impecable que de repente se siente demasiado ceñido. Mi mano vuela sola. El tortazo resuena como un disparo en el espacio reducido. Me mira, sorprendido, y por un segundo creo que va a pegarme. Sus ojos se oscurecen, su mandíbula se tensa. Entonces las puertas se abren en el piso 28. Y ahí está él. Anatoly llena el marco entero: traje negro hecho a medida que cuesta más que mi sueldo de un año, ojos del color del hielo sucio, y una calma que da más miedo que cualquier grito. El baboso retrocede un paso, como si hubiera visto al mismísimo diablo. Anatoly no dice nada. Solo pulsa el botón de parada de emergencia con un dedo. El ascensor se detiene con un gemido metálico. —Disculpa —dice, voz baja, peligrosa, con ese acento ruso que apenas se nota pero que hace que cada palabra suene como una amenaza envuelta en terciopelo—. No te he oído pedirle perdón a la señorita. El tipo balbucea algo ininteligible. Anatoly da un paso dentro. Las puertas se cierran tras él. Estamos los tres aquí. Y de repente el espacio parece muy pequeño. —Tienes diez segundos —continúa Anatoly, crujiéndose los nudillos con un sonido que me pone la piel de gallina—. O te enseño modales piso por piso hasta el sótano. El hombre se pone blanco como el papel. —Lo siento, lo siento mucho, yo solo… no quería… —Fuera —ordena Anatoly. Las puertas vuelven a abrirse mágicamente. El tipo sale disparado, tropezando con sus propios pies en el pasillo. Yo sigo temblando. No puedo evitarlo. Anatoly me mira por primera vez directamente a los ojos. —Estás temblando —dice, casi suave. Como si le importara. —Es el aire acondicionado —miento, abrazándome a mí misma. Se acerca un paso. Huele a madera quemada, a cuero caro y a algo oscuro y masculino que hace que mi estómago se contraiga. —Vete a casa, Tracy. ¿Cómo sabe mi nombre? Nunca hemos hablado. Ni una sola vez. Sé quién es porque todo el mundo lo sabe: Anatoly Ovechkin, el hombre que puede hacer desaparecer a alguien con una llamada. El que nunca sonríe en las fotos. El que, según los rumores, tiene más poder en esta town que el propio alcalde. Salgo del ascensor con las piernas de gelatina. Cuando miro atrás, él sigue ahí, bloqueando la puerta con su cuerpo ancho, como un lobo vigilando su presa. No respiro hasta que estoy en mi coche, en el parking subterráneo reservado para empleados. Y entonces suena el teléfono. Chris. El nombre de mi hermano aparece en la pantalla iluminada. Es casi medianoche. Nunca llama a estas horas a menos que… Descuelgo. —Tay… me van a matar. Me quedo helada, con la llave todavía en el contacto. —¿Qué. Hiciste? Su respiración es agitada, entrecortada. Lo imagino escondido en algún callejón, mirando por encima del hombro. —Le debo setenta mil a la Bratva. Los Smirnov. Y se les acabó la paciencia. El mundo se me cae encima. Porque los Smirnov no son solo mafia. Son los socios silenciosos de Anatoly Ovechkin. Y acabo de ver, hace apenas minutos, lo que pasa cuando alguien lo decepciona. —¿Setenta mil? —repito, la voz apenas un susurro—. Chris, ¿cómo demonios…? —No era para tanto al principio —dice rápido, defensivo—. Solo… transporte. Pequeñas entregas. Pensé que podía manejarlo. Luego perdí un lote. Y luego otro. Intenté cubrirlo, pero… —¿Perdiste? ¿Cómo se pierde un lote de la Bratva? Se queda callado un segundo demasiado largo. —Lo consumí. Parte. Con amigos. Pensé que podría reemplazarlo antes de que se dieran cuenta. Me agarro el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. —Dios mío, Chris… —Ya vinieron a casa de Travis. Le rompieron tres costillas. Dijeron que yo soy el siguiente si no pago en tres días. Tres días. Mi mente va a mil por hora. No tengo ahorros. No tengo a quién pedir prestado. Nuestro padre nos abandonó cuando éramos niños, nuestra madre murió hace cinco años de cáncer. Solo nos tenemos el uno al otro. Y ahora Chris ha metido la pata tan grande que ni todo el sueldo de un año en el Hospitium alcanzaría para sacarlo. —¿Por qué no me lo dijiste antes? —Pensé que podía arreglarlo solo. Siempre lo arreglo, Tay. —No, Chris. Tú siempre lo empeoras. Silencio. Luego, muy bajito: —No sé qué hacer. Cierro los ojos. Las luces del parking parpadean sobre el parabrisas. Los Smirnov frecuentan el Hospitium. Los he visto en el área VIP: hombres con trajes caros y miradas que congelan la sangre. Nunca me he acercado, pero sé que están ahí. Y sé que Anatoly Ovechkin es quien mantiene el equilibrio entre ellos y el resto del mundo. El hombre que acaba de salvarme en el ascensor. El hombre que sabe mi nombre. Esto no es una coincidencia. Esto es una trampa que se está cerrando. Y yo estoy justo en el centro.Draven estaba enfrente de su padre. Su padre lloraba pidiendo perdón y lo único que hacía Draven es dar pasos lentos hacia él.Esto no iba a acabar bien...—¿Tú quisiste que mamá muriera verdad?La cara del padre cambió completamente. Limpió sus lágrimas y sonrió con maldad.—Ya se me jodió el teatro. Creí que tardarías en descubrirlo —Dijo burlón.Draven me miró sorprendido y también rió. Lanzó el primer puñetazo hacia su padre, le iba a dar el segundo pero el padre se lo esquivó y le lanzó uno.Draven dio pasos hacia atrás debido al golpe.Miré al padre con odio. Salté encima de él quitándole el collar que tenía para que la luz del sol no le afectara. Poco a poco ese hombre a base de gritos se fue convirtiendo en ceniza.Draven me miró sorprendido, me acerqué a él y lo abracé.—¿Estás bien? —Pregunté separándome del abrazo.—Si, vámonos.Miró el suelo con asco y sin mirar hacia atrás no
Me presento. Soy la nueva Brisen. Llevo dos años con el vampiro sin sentimientos, si, ese que no quería nada más que mi sangre, ese que solo amaba jugar a ser novios pero que nunca lo quería hacer realidad.Ahora es todo lo contrario, conmigo es atento, cariñoso. No sé cómo explicar todo lo que me hace sentir y sinceramente no sé si algún día podré saber explicarlo.Él y yo nos hemos ido a vivir solos a Roma, mi hermano sigue con sus hermanastro.Superar la muerte de su madre no fue nada fácil, ni para él ni para sus hermanos. Bueno… Eso de superar está de más, lo llevan mejor pero no han podido superarla.Ronal se ha intentado comunicar con sus hijos, aunque —por lo único que se — es que Draven no le da señales de vida. No quiere saber nada de él y lo entiendo.Calcata se ha convertido en un lugar
Desde que hemos salido del hotel hacia el aeropuerto Draven no ha emitido palabra alguna. Se que el tema de su familia lo tiene así de pensativo, y seguramente Draven se enfade conmigo muchísimo, pero realmente no me importa, he cambiado los pasajes de México hacia Italia —Roma— debe estar con su madre. Estábamos subidos en el avión, esperaba que nadie dijera a que destino iba ese avión estoy segura de que Draven se bajaría. Cuando las puertas estaban cerradas y ya nadie podía bajar, el megáfono sonó. —Pasajeros con destino a Italia —Roma— en dos minutos despegaremos, cuando la luz del sillón justo enfrente de vosotros se encienda podéis ponerlos cinturones cuando se apague podéis quitarlos. Buen viaje. —¿Brisen, que coño has hecho? —Debes estar con tu madre. —Te he dicho… —Se lo que me has dicho, sorda no soy, pero me da igual, tienes que estar con tu familia, aunque no sea por tu madr
Era una manía muy grande la que Draven tenía de prohibirme hacer cosas, según él porque corría peligro. Y si… Era cierto, corría peligro. —Siempre quise hacer puentign —lo miré mal. —No lo veo sentido el querer tirarse al vacío de un puente. Imagínate que se rompe el arnés, quedas pegada al suelo como en las caricaturas. Resoplé y seguí caminando por las calles de Madrid. Habíamos viajado a España, era un lugar que ambos queríamos conocer y aquí estábamos. Buscando un buen entrenamiento, pero Draven siempre ponía pegas a todos. Esto no se puede hacer porque te matas. Esto no se puede hacer porque es aburrido. Esto no se puede hacer porque no le veo el sentido. Realmente no sé si Draven le ve sentido a la vida. —Pues dime tú a mí que hacemos. Se encogió de hombros. —Tirarnos de un puente ya te digo que no. Me cogió de la cintura y besó mis labios. Draven miró hacia las calles y c
Último capítulo