Mientras cruzaban la enorme mansión, los pasos de Dave se volvían cada vez más pesados. Su visión se nubló y su cabeza se sentía como si pesara una tonelada. Esa concentración aguda que siempre lo caracterizaba desapareció, reemplazada por una neblina que no podía disipar. Reese se mantuvo a su lado, rodeándole la cintura con el brazo para ayudarlo a caminar mientras tropezaba.
Cuando llegaron a una de las habitaciones de invitados, Dave se sentó al borde de la cama, pero su cuerpo no resistió.