Amara me llevó de regreso al apartamento de Sara Vale poco antes del mediodía.
La finca había estado tranquila cuando nos fuimos. Teresa Wade estaba de pie en la puerta con su abrigo, despidiéndose con ambas manos hasta que el coche salió por la reja y ya no pudo vernos.
Sara estaba sentada en la mesa de la cocina cuando entré. Tenía la computadora portátil abierta y las gafas de lectura puestas.
—¿Cómo estuvo la finca? —preguntó, sin levantar la vista.
—Bien —respondí.
Ella asintió y volvió a