Mia no sabía cómo había logrado regresar a su habitación del dormitorio. Tenía las piernas como gelatina, los muslos pegajosos con el semen de Lucas, la espalda raspada en carne viva por el muro de ladrillos, y todo el cuerpo le dolía por la forma brutal en que él la había usado. Cada paso le enviaba una nueva oleada de vergüenza. Entró al edificio por la entrada lateral, evitando el vestíbulo principal, y de algún modo se arrastró hasta subir las escaleras.
Sophie no estaba en su habitación cu