HAILEY
El mundo por fin estaba quieto y en paz.
No había olas rompiendo. No había vientos aullando. No había gritos de guerra ni de duelo. Solo el suave susurro de los árboles mecidos por la brisa nocturna y el latido bajo y constante de mi corazón.
Habíamos sobrevivido a otro choque con una cucaracha no deseada. Apenas. Leviatán ya no estaba, disuelto en niebla marina y recuerdos, y aun así el dolor de todo seguía clavándose en mis huesos como escarcha.
Me encontraba en el balcón de la cámara