HAILEY
La sala del trono aún humeaba con las cenizas de la guerra, las paredes susurrando con los fantasmas de gritos y fuego. La ceniza marcaba mis mejillas como pintura de guerra, mi respiración calmada pero teñida de furia. Me encontraba en el centro de la sala —reina, madre, guerrera— con sangre en mi espada y poder latiendo bajo mi piel.
—A mí —ordené, mi voz atravesando el silencio como un trueno. No necesité repetirlo. Cada alma en el castillo me oiría. Y vendrían.
Porque algo más había