MARISSA
La casa de la manada estaba inquietantemente silenciosa, como si las paredes mismas lucharan por asimilar lo que acababa de ocurrir. El humo y el amargo sabor de la magia quemada flotaban en el aire, mezclándose con la cruda emoción que irradiaba de todos los presentes. Mi propio corazón latía con fuerza mientras asimilaba la escena frente a mí.
Logan —nuestro Logan— arrodillado en el suelo, destrozado.
Nunca lo había visto tan roto. Nunca. Este hombre inquebrantable, que había luchado,