Clara, se había acostado junto a su hija; la arrullaba y abrazaba aún con lágrimas en los ojos, y a su vez agradeciendo a Dios en silencio por haberla protegido de la maldad de otros.
—Mamá ya no llores, yo estoy bien —aseguro la joven, no obstante, Clara no prestaba atención, solo continuaba besando su frente. Cerca de ellas, en un rincón de la habitación, el médico escribía las indicaciones y felicitaba a Angelina por su fuerza.
—Debes de tener mucho reposo, pequeña, yo estaré dando vueltas pa