107. DESPRECIO Y SANGRADO
Al cruzar el umbral de la casa, un estruendo me recibe de golpe. La madera cruje, se parte con un chasquido seco, seguido por el grito ahogado de la señora Enola. Tres sirvientas, entre ellas la que me abrió la puerta, se quedan inmóviles, mirándose unas a otras con miedo y confusión. Sus ojos están clavados en la puerta del despacho, pero ninguna se atreve a entrar.
Yo sí.
Llevo la mano al arma y corro hacia la habitación. Lo que encuentro allí es inverosímil.
Una mesa pequeña yace destrozada,