—Vamos, remolona. Hora de levantarte —susurró Elliot en su oído antes de darle un beso en la mejilla.
—¡Un ratito más! ¿Porfis plis? —respondió ella con los ojos cerrados, haciendo un puchero y ocultando la cara contra su pecho.
—OK, pero solo cinco minutos —decidió Elliot.
Aquellos cinco minutos