Caminaron juntos por el cementerio hasta el auto, Gabriel acomodó a la pequeña en su asiento.
Delia se sentó en el piloto y pidió las llaves. “Es mi turno”.
Gabriel le entregó las llaves y se colocó sus lentes oscuros, Delia hizo lo mismo acomodando sus lentes oscuros regalándole una gran sonrisa a Gabriel.
Ella condujo hasta un centro comercial, disfrutaron de la tarde junto con la pequeña que veía a las botargas brincar y bailar, la pequeña sonreía feliz y aplaudía moviendo su cabeza.
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