Cuando Bailey notó que su impaciencia tenía a Zoey enfurruñada, entró en razón y la estrechó entre sus brazos.
—Ay, cariño... Todo lo que me des es un tesoro para mí. Ahora dime, ¿qué me preparaste para nuestra noche de bodas? —Tuvo que contener el deseo que lo devoraba y consentir primero a Zoey, aterrado de que, si ella se enojaba, esa noche lo dejara sin su dulce recompensa.
—Espera un momento. —Se apartó de sus brazos para recoger una pequeña caja, envuelta con gran esmero y adornada con un