—Bueno, a estas alturas ya es puro instinto —respondió con despreocupación.
Sin mostrar el menor remordimiento, le metió la mano entre las piernas, hundió un dedo en su cálido y estrecho interior y le frotó el punto sensible con el pulgar mientras devoraba sus pechos con avidez.
—Ah... B... Bailey... ¿no acordamos una sola sesión por la mañana, otra por la tarde y otra por la noche? ¿No me prometiste que podría descansar? Si sigues desgastándome así, nuestro bebé nunca llegará —suplicó Zoey.
Usó