Cuando Bailey sació su deseo, por fin llegó la hora de dormir. Desnudo y sin el menor pudor, el corpulento hombre cruzó la habitación con Zoey en brazos. A Zoey se le cerraban los ojos, vencida por el sueño, y él la dejó con cuidado sobre el sofá situado a los pies de la cama. Aquella delicadeza contrastaba con la pasión feroz que mostró cuando hicieron el amor; entonces trató con muy poca ternura sus partes más sensibles.
Después de acomodarla, la besó con ternura en la frente y le susurró con