Mundo ficciónIniciar sesiónDaniela y Gabriela dos HERMANAS GEMELAS, físicamente idénticas, pero diferentes. Daniela Castillo: Una chica inteligente, buena, alegre, de buenos sentimientos. Tiene una exitosa carrera como diseñadora de interiores, oculta un secreto de su pasado, cuando decidió pasar las vacaciones en Brasil siendo muy joven. Gabriela Castillo: Una chica maliciosa, envidiosa, cruel, vengativa, y depravada. A pesar de ser una top model famosa, arrastra sentimientos de odio y venganza del pasado, contra su hermana gemela. Juan Carlos Quintana: Es un multimillonario y un exitoso afamado corresponsal de guerra, cuya carrera es lo más importante su vida. Amo y señor de su universo. Rodeado siempre de mujeres hermosas y frívolas, deja en segundo plano su vida sentimental porque piensa que el amor es una estupidez. El destino de ellos tres se cruza, trayendo con ello consecuencias muy grandes, donde el Amor, se convertirá en odio, el rencor y en venganza. ¿Juan Carlos reconocerá a la persona correcta? ¿Podrá el verdadero amor sobrevivir a la venganza y el odio? ¿Podrá el amor perdonar el engaño y la traición? ¿O por sus enemigos, las heridas del pasado y los secreto que ocultan dejarán escapar el verdadero amor?
Leer másA lo lejos, el reloj dio la media noche y el hombre soltó una risa apagada.
—La hora de las brujas. Tiempo de quitarse las máscaras. Y de que yo regrese al baile —dijo Daniela con brusquedad, buscando una zapatilla.
Antes que pudiera encontrarla, el hombre se acercó a ella, se arrodilló con la cabeza inclinada mientras rescataba el zapato y lo deslizaba en su pie. Ella sintió sus dedos rozando su empeine y se mordió el labio inferior sin aliento, al mirar los hombros forrados de satén y el negro sombrero de tres picos. El deseo de ver el rostro del desconocido de pronto la abrumó.
—¿Te quitarás la máscara si lo hago yo también? —preguntó ella.
—Si en verdad lo deseas —el hombre de elevada estatura se puso de pie y se quitó el sombrero.
Daniela jadeó y llevó una mano al cuello, mientras la luz de la luna revelaba en detalle al desconocido. Desde sus zapatos con hebillas, hasta el espumoso encaje de la corbata, su compañero era el exquisito arquetipo del siglo dieciocho. Pero del cuello hacia arriba, usaba la máscara de una bestia felina apócrifa, con aberturas a través de las cuales brillaban sus ojos y delicados colmillos se adivinaban arriba de la abertura que le permitía mostrar sus propios dientes blancos entre el oscuro y sedoso cabello que cubría su rostro y cabeza.
—Dije que vengo de un cuento diferente, alteza —le indicó, con una reverencia—. Máscara o no, tú solo puedes ser la Bella, mientras que yo… permíteme presentarme… soy la Bestia —se irguió, riendo con voz apagada y hueca dentro de la máscara.
Daniela se puso de pie, sacudiendo la falda, mientras que los latidos de su corazón se normalizaban gradualmente.
—No hay duda que lo disfrutas, señor Bestia. ¿Te gusta atemorizar a doncellas indefensas?
Él se quedó quieto, después sacudió su fantástica cabeza.
—No, alteza, no tengo tamaños para eso. Lo cual, en parte, es la razón por la que uso antifaz.
—¿Eres tan feo?
—La belleza vive en los ojos del que ve, según dicen, —encogió los hombros—. Para mi madre no soy feo. Los demás… los demás pueden pensar diferente.
El silencio cayó una vez más, mientras las figuras vestidas de brocado se enfrentaban iluminados por la luna.
—Un libro fantástico, Juan —comentó Sofía, quien en un traje de seda aguamarina con una exquisita camelia sobre la solapa se veía radiante—. Quiero decir, que incluso Sergio quedó cautivado por él… no podía lograr que lo dejara por las noches. Aunque yo siento que le faltó más pornografía. —No es suficiente con lo que le haces al pobre Sergio, Sofía. Estás decayendo —expresó Daniela, como siempre en el círculo del brazo de su esposo—. Juan Carlos nunca lee en la cama. —No —admitió Juan Carlos con solemnidad, sus ojos brillaban con malicia—. ¡Trabajo todo el día, que mis ojos se niegan a permanecer abiertos! —pero besó la mejilla de su esposa, en amorosa contradicción a sus palabras. Sofía le preguntó a Daniela. —¿Mañana vamos a visitar a mi hermana Angélica en el psiquiátrico? —Sí, Juan Carlos nos va a acompañar. —¿Estás segura de querer conocer a tu madre biológica? —Totalmente. Deseo con el alma que esté lúcida. Pero si no me reconoce, no me importa. Solo deseo darle el amor
Y, de pronto, Daniela se encontró completamente sola. Se miró por última vez en el espejo y alzó al ramo. Tenía el estómago revuelto, pero, por primera vez desde hacía semanas, por culpa de los nervios. Tomó aire y la ansiedad cesó. No tenía ningún motivo para estar preocupada. Jamás había estado tan segura de nada como de aquella boda con Juan Carlos. Miró por la ventana y vio que las familias se habían sentado. Había llegado el momento de salir. Bajó con mucho cuidado la escalera y al final la estaba esperando, el doctor Arturo Castillo vestido en su traje oscuro se veía apuesto y su expresión se reflejaba orgullo y sus ojos se llenaron de lágrimas. Cuando se encontró con él le dijo. —Papá te ves muy apuesto. Y por favor deja las lágrimas para mi mamá. —No puedo evitarlo, hija. No solo te ves hermosa sino muy feliz. Eso es lo que deseas todo padre, la felicidad para sus hijos —Sí, papá. Siento que soy la mujer más feliz de la tierra. ¿Te sientes bien con ese bastón? —No te pr
— ¡Usted, con su ignorante y machista doble rasero y su repugnante hipocresía! ¡Póngame la mano encima y se hundiría! No puede tocarme y lo sabe. Si usted vuelve a acercárseme otra vez, iré a los periódicos. ¡No tiene ningún derecho a quedarse con mis hijos! Ya lo verá... o iremos a juicio, donde todo saldrá a la luz pública.—Eso lo dijo muy satisfecha de haber encontrado por fin el talón de Aquiles de ese hombre—Pero usted es demasiado orgulloso como para soportar que se muestren los trapos sucios de la familia ¿Verdad?... Un asqueroso orgullo familiar que está antes que el honor y la decencia. Santiago estaba pálido de rabia. Una rabia que trataba desesperadamente de contener. —¿Con qué ínfulas se atreve a amenazarme mujer insignificante?—le dijo caminando hacia ella con la misma energía que un tigre al acecho. Daniela retrocedió quitándose las pantuflas, colocando un pie atrás en posición de combate, dispuesta a darle un derechazo en la nariz y un rodillazo en los testículos,
Dándose cuenta de su sorpresa, él sonrió. Lo hizo de verdad, pero muy levemente. — Naturalmente. Mi esposa desea criar a sus nietos en nuestra propia mansión. Daniela tardó varios segundos en contener su incredulidad. ¡Los Quintana querían a Lucas y a Frida! No podía creer que ese hombre estuviera hablando en serio. Santiago la miró como un gato miraría a un ratón. — A Carolina le encantan los niños. Lucas y Frida serán muy queridos. — Yo realmente... No me creo estar oyendo esto— admitió ella trémulamente— ¿Primero entra a mi departamento por la fuerza como un delincuente y luego cree que tiene el derecho a quedarse con mis niños? ¡¿Está loco?! Mientras hablaba la ira se fue apoderando de ella. — Sea lo que sea lo que usted sienta por mí no me importa. Pero mi hijo es el padre de sus hijos y eso me da derecho... — ¡Usted no tiene derecho a nada! ¡Miserable! ¡Usted cree que puede venir a pisotearme! Sin inmutarse, Santiago respondió. — No estoy dispuesto a tener una discus
Último capítulo