Renata no quería escucharlo. Sabía que solo repetiría las mismas disculpas. Pero, si cinco minutos podían darle tranquilidad después, quizá valiera la pena.—Solo cinco minutos.Martín la miró con tristeza. La mujer que siempre había sido amable y educada con todos ahora parecía un erizo, lista para defenderse. Pero solo podía culparse a sí mismo.—Sé que puede sonar a excusa, pero defendí a Catalina a toda costa porque creía, por error, que ella me había salvado la vida. Durante estos tres años, sin darme cuenta, empecé a sentir algo por ti. Solo que no quería aceptarlo ni me atrevía a reconocerlo. Sé que te engañé y te hice daño. Pero no he estado con ninguna otra mujer. Siempre nos entendimos tan bien en la intimidad. Por favor, piensa en lo que vivimos y dame una oportunidad.Martín nunca se había mostrado tan humilde. Renata, sin embargo, soltó una risa.—No nos entendíamos tan bien. Dijiste que besarme te daba asco, que parecía muerta en la cama y que nunca sentirías nada por mí.
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