DARIANLa nieve del Desfiladero Helado crujía bajo las pezuñas y las garras de los guerreros.La marcha había durado tres días y dos noches, un avance implacable, silencioso y cargado de una tensión tan densa que el propio viento de la montaña parecía contener el aliento. A la cabeza de la columna, transformados, avanzábamos nosotros. Fenrir, con su pelaje negro azabache erizado y las fauces cerradas en una mueca de guerra, marcaba el ritmo de la guardia; a mi costado, la majestuosa figura de Nyx, la loba plateada, devoraba el terreno con una elegancia letal y fría.Aunque en su vientre latía el pulso diminuto del lobo negro de la profecía, la Alfa de Blackwood no había aceptado quedarse en la retaguardia ni un solo kilómetro. Dirigía el cerco estratégico desde la cresta central, coordinando a los rastreadores con la precisión de un general implacable.A nuestras espaldas, los cinco Betas —Aiden, Kai, Kaia, Sophy y Elena— mantenían las líneas perfectamente alineadas. No había un solo
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