Milena despertó de madrugada y, al girarse, se dio cuenta de que Marcelo no estaba allí. El espacio vacío al lado de la cama parecía más grande de lo que debería. Respiró hondo, intentando ignorar la sensación incómoda que se instalaba en el pecho. Por más que intentara convencerse de lo contrario, la duda insistía en permanecer. ¿Cuánto tiempo más estaría aún a su lado? Aquella ausencia a su lado no era solo física, era un recordatorio silencioso de que nada allí le pertenecía de verdad. Con cada día que pasaba, incluso ante los cambios bruscos de humor de Marcelo y las reglas que parecían reinventarse según su voluntad, algo dentro de ella se rendía. Contra toda lógica, contra el contrato, contra su propia voluntad, el corazón de Milena ya no sabía fingir indiferencia. Estaba enamorada. Era un sentimiento nuevo, intenso y aterrador. El primero y quizás el más peligroso. Porque amar a alguien como Marcelo, aún más en las circunstancias que los acercaron, significaba caminar por
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