El lujoso automóvil se detuvo por fin en el patio de la gran mansión de Liam. Juan se giró hacia su amo, que seguía rígido en el asiento trasero, con el rostro sombrío.—Señor... me quedaré con usted esta noche —dijo Juan, desde el asiento delantero, mirando al hombre que permanecía en silencio.—Vete a casa, Juan. Debes estar agotado —respondió Liam con lentitud, con una expresión cargada de pesadez.—No, señor. Esta noche me quedaré aquí —afirmó Juan con firmeza y seguridad. Sin esperar más respuesta, abrió la puerta y bajó primero.Liam soltó una risa seca y vacía al ver la actitud de su secretario; sabía perfectamente por qué insistía tanto. Arrastró los pies fuera del coche, con paso desanimado y los hombros caídos.—Puede destrozar todos los muebles de la habitación si lo desea, señor —dijo Juan con calma—. Mañana mismo mandaré a las criadas a limpiar todo lo que quede.Conocía demasiado bien ese hábito de su amo, que solía estallar cuando la ira y la frustración se le iban de l
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