Capítulo 101El silencio que siguió a la propuesta de Lucien no fue simplemente quietud; fue un vacío que me arrancó el oxígeno de los pulmones. Quinientos pares de ojos, brillantes con el hambre depredadora de la élite social, se clavaron en mí.El pesado aroma de las hortensias y del perfume caro se sentía como un peso físico, aplastando el encaje floral de mi corpiño.Miré a Lucien. De cerca, sus ojos no contenían la calidez de un hombre enamorado. Eran astillas de obsidiana, duras y calculadoras.Su mano, que apretaba mis nudillos marcados con una fuerza aterradora, se sentía como un grillete. Podía sentir el pulso en su palma, constante, lento y completamente bajo control. No estaba pidiendo; estaba ejecutando una maniobra.Mi mirada se desvió hacia el estrado, hacia la mujer que sostenía el control remoto de mi destrucción.Evelyn estaba allí, una diosa de la venganza engalanada de zafiros. Se inclinó ligeramente sobre el podio, los labios curvados en una sonrisa que no llegaba
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