El bullicio y la tensión del mundo de la mafia y las traiciones se sintieron muy lejanos por un instante. Nico había querido romper con el caos que los rodeaba, así que decidió llevar a Bianca a un restaurante sencillo, de barrio, de esos con mesas de madera desgastada, manteles a cuadros y el olor inconfundible a comida casera recién hecha.Bianca aceptó la invitación con un nudo en el estómago. Estaba nerviosa, con las manos entrelazadas sobre las piernas y la mirada un poco esquiva al principio, intentando procesar que, en medio de tanta tormenta, alguien se tomara el tiempo de ofrecerle un respiro de normalidad.La comida llegó a la mesa: platos humeantes, sencillos pero reconfortantes. Al principio, el silencio predominaba, pero poco a poco la charla fluyó. Entre bocado y bocado, empezaron a hablar de cosas simples, de sus gustos personales, de pequeños detalles de la infancia y manías que el otro no conocía. Por un momento, las armas, los enemigos ocultos y el peligro parecieron
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