—Siéntese, señora Soler —dijo la doctora, su tono desprovisto de la calidez médica anterior, reemplazado por una seriedad absoluta. Emma se sentó en una de las sillas de cuero frente al escritorio, apretando las manos sobre sus rodillas. —Doctora... gracias por lo que hizo allá afuera. Le salvó la vida a mi hija y... y a mí. —No lo hice por usted, señora Soler. Lo hice por la niña, y porque detesto ver cómo una crisis médica se convierte en el escenario de una carnicería familiar en mi propio hospital —respondió Samantha, cruzando los brazos y apoyándose contra el borde del mueble de caoba—. La mentira que le dije a Jacob sobre la base de datos nacional fue una improvisación total. La única razón por la que supe exactamente qué medicamentos administrarle a Luna, y la única razón por la que conozco la variante exacta de su miocardiopatía, es porque soy la cardióloga de cabecera de Oliver Rossi. Emma sintió que el aire se congelaba en su garganta, confirmando su peor temor. —Yo tr
Ler mais