El silencio en el despacho presidencial al final de la jornada laboral era pesado, casi sofocante. La luz dorada del atardecer comenzaba a extinguirse tras los enormes ventanales de la corporación Villarreal, dejando la amplia oficina sumida en un juego de sombras y matices oscuros. Alejandro permanecía sentado tras su imponente escritorio de madera de nogal, con la corbata aflojada, el primer botón de la camisa desabrochado y la mirada perdida en el vacío. La tensión acumulada a lo largo de las semanas, alimentada por el rechazo sistemático de Cristina en casa y la demoledora pérdida de control sobre su propio matrimonio, lo mantenía en un estado de irritabilidad permanente. Sin embargo, en esa penumbra, no estaba solo. Xiomara, a escasos centímetros de él, permanecía inmóvil, observando cada uno de sus gestos con la paciencia calculadora de un depredador que sabe que su presa finalmente ha caído en la trampa. Había dejado pasar los minutos en un absoluto y estratégico silencio,
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