A trescientos metros de altura sobre el asfalto de la avenida Michigan, el ruido del mundo no era más que un murmullo lejano, inofensivo. El penthouse triplex de Magnus no parecía una vivienda humana.Era una catedral de cristal, acero y mármol oscuro suspendida entre el azul metálico del lago y las nubes de Chicago.Me quedé de pie junto al ventanal del gran salón, sujetando una taza de té entre las manos, sintiendo el vapor tibio acariciarme el rostro. Abajo, el tráfico se movía como un río de luces diminutas, atorado en la prisa matutina de una ciudad que no sospechaba la tormenta judicial que estaba a punto de desatarse en sus cimientos.Pero aquí arriba, en este santuario privado donde el acceso solo era posible mediante un ascensor privado de huella biométrica y bajo la mirada atenta de un contingente de seguridad reforzado, el aire se sentía extrañamente puro. Seguro. Por primera vez en meses, las paredes de mi pecho no dolían al inhalar.—Mami, ¡mira! ¡Desde aquí las casas
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