El mármol del vestíbulo central de la torre corporativa de mi empresa siempre me había parecido una losa funeraria.
Durante años, cruzar esas puertas automáticas de cristal templado significaba encoger los hombros, bajar la mirada y prepararme para ser la sombra invisible detrás de los éxitos de Cynthia o la diana perfecta para los desprecios de mi padre.
Esta mañana, sin embargo, el eco de mis taconazos sobre el suelo pulido sonó distinto.
Firme. Ritmaron el aire con la cadencia limpia de un