Capítulo 59

—Mírate —soltó Arthur a modo de saludo, sin invitarme a sentar—. Llegas aquí con la cabeza alta, vestida como si fueras la dueña de la ciudad, mientras tu hermana tiene que soportar la humillación de trabajar en un sótano y los abogados intentan evitar que pase la noche en una celda. ¿No te da vergüenza?

Me senté en el sillón frente a él, acomodando mi abrigo sobre las piernas con movimientos parsimoniosos.

—Vergüenza debería darte a ti, Arthur —respondió mi voz, clara y firme en la penumbra de
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