—Mírate —soltó Arthur a modo de saludo, sin invitarme a sentar—. Llegas aquí con la cabeza alta, vestida como si fueras la dueña de la ciudad, mientras tu hermana tiene que soportar la humillación de trabajar en un sótano y los abogados intentan evitar que pase la noche en una celda. ¿No te da vergüenza?
Me senté en el sillón frente a él, acomodando mi abrigo sobre las piernas con movimientos parsimoniosos.
—Vergüenza debería darte a ti, Arthur —respondió mi voz, clara y firme en la penumbra de