Era Adam.Su hijo mayor estaba de pie, ligeramente apartado de sus hermanos. No se peleaba por contar sus logros, en el colegio. No gritaba ni se reía. Solo estaba de pie, en silencio, con las manos en los bolsillos de su pantalón del uniforme, y una expresión que parecía estar pensando en algo, muy grave.Windy miró a Adam, con el ceño ligeramente fruncido. Ella siempre había sentido, ciertamente, que Adam tenía una madurez, muy superior a su edad. Aquel niño acababa de cumplir casi cuatro años, pero su forma de pensar, su forma de hablar y su forma de liderar a sus hermanos a menudo hacían que Windy olvidara que él aún era un niño pequeño. Adam tenía unos ojos que siempre observaban, un cerebro que siempre analizaba, y una calma, poco habitual para un niño de su edad.Y ahora, al ver a Adam, de pie, en silencio, con una expresión llena de pensamientos, Windy sintió que había algo, que le rondaba la cabeza a su hijo mayor. Algo que necesitaban hablar, a solas, más tarde.—Vamos, niño
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