Era Adam.
Su hijo mayor estaba de pie, ligeramente apartado de sus hermanos. No se peleaba por contar sus logros, en el colegio. No gritaba ni se reía. Solo estaba de pie, en silencio, con las manos en los bolsillos de su pantalón del uniforme, y una expresión que parecía estar pensando en algo, muy grave.
Windy miró a Adam, con el ceño ligeramente fruncido. Ella siempre había sentido, ciertamente, que Adam tenía una madurez, muy superior a su edad. Aquel niño acababa de cumplir casi cuatro año