En el mismo segundo en que Severen cruzó las puertas de la casa de su familia, sus padres se le echaron encima.Renata se llevó una mano a la boca al verlo. Los pantalones le estaban rígidos de tierra y ceniza, el pelo era un nudo enmarañado, los ojos opacos y vacíos como los de un muerto. El hollín negro del hoyo de quemar le manchaba las mejillas, se le había metido bajo las uñas, se había incrustado en la tela de la camisa: casi se había tirado de cabeza dentro antes, y se notaba.—Dios mío, hijo. ¿Qué te pasó? —Lo escudriñó de la cabeza a los pies, frenética.—Estoy bien, ma. —La voz le salió plana, vacía de todo sentimiento.—¿Bien? ¿Puedes siquiera mirarte en un espejo y decir eso con cara seria?Él solo suspiró.—Quiero estar solo. Por favor.Su padre, Silvio, se plantó directamente en su camino, con el rostro como una tormenta.—¿Dónde has estado? ¡Dejaste a tu prometida sola en el hospital!—¿N
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