No se retiró.Solo se derrumbó a medias encima de ella, pesado y cálido, todavía enterrado profundo, el rostro escondido en el hueco de su cuello.—Todavía no —murmuró, sin aliento—. Solo… quédate así un poco más.Ella no discutió. Levantó una mano y hundió los dedos en su cabello espeso y suave, acariciándolo despacio, con suavidad. Él no quería salir de su cuerpo, y ella no quería que lo hiciera. Quería quedarse envuelta en sus brazos, en su calor, en él, para siempre.El corazón le dio un latido súbito y duro contra las costillas.Luego otro.Y otro.Conocía ese ritmo. Sabía exactamente lo que significaba.Miró hacia abajo la coronilla de él, el cabello oscuro extendido sobre su pecho, y la pregunta que Perseia le había hecho días atrás resonó fuerte y clara en su mente: ¿Ya te enamoraste de Helios?Los recuerdos destellaron detrás de sus ojos, rápidos y brillantes: la primera vez que sus miradas se
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