Una sonrisa lenta y maliciosa se curvó en los labios de Helios mientras escuchaba a Lucian al otro lado del teléfono. Estaba sentado en el sofá de su habitación —la de él y Grasya—, vestido solo con una bata negra suelta, el cinturón desatado, abierta del todo. Cada línea dura de su cuerpo quedaba al descubierto. Los tatuajes se recortaban oscuros contra la piel cálida, aún brillante por un fino velo de sudor. Sostenía el teléfono con una mano, pero la mirada no se apartaba de la cama. Grasya dormía profundamente, suave e indefensa. No llevaba nada. Solo una manta gruesa cubría sus curvas. Sus ojos se deslizaron hasta el pie de la cama. Poco antes, aquellas piernas lo habían rodeado, moviéndose al mismo ritmo que él. El cabecero había golpeado la pared una y otra vez. El crujido del somier había sido música para sus oídos: dulce, sensual, capaz de volverlo loco. —Confirmado, jefe —la voz de Lucian llegaba cargada de una oscura diversión—.
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