—Lo sabrás en unos días… cuando se pasen los efectos de la inyección del doctor Kazimir. Y prometiste, ¿recuerdas? Dijiste que me atarías a esta cama hasta que lleve a tu hijo.La voz era ligera, pero el fuego en sus ojos casi lo deshizo. Helios gimió, la mandíbula tensa, y volvió a reclamar su boca… hambriento, exigente, posesivo.La hizo caminar hacia atrás y la recostó con suavidad sobre la cama, luego se inclinó sobre ella. Una mano apoyada junto a su cabeza; la otra se deslizó hasta el nudo de la toalla y lo soltó. Quedó desnuda ante él, y su mano se cerró sobre su pecho, pesado y suave en su palma. Acarició, rozó, luego pellizcó con delicadeza hasta que el pezón se endureció y se erizó. Inclinó la cabeza y la tomó en la boca, saboreándola, chupando con profundidad, la lengua girando y provocando hasta que ella enredó los dedos en su cabello y gimió su nombre.Era tan distinta ahora. La primera vez que la había tocado, había temblado… asustada, c
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