—Lo siento por lo que dije antes —murmuró—. Solo… me preocupo por ti. No quiero que pierdas la esperanza.—Tienes que ir a la escuela mañana temprano —le dije, cambiando un poco el tono—. Vamos, ve a estudiar, a dormir o a hacer lo que quieras… pero vete ya.—Aria, tengo veinte años —replicó, poniendo los ojos en blanco—. No soy un niño al que puedas estar dándole órdenes.—¿Ah, no? —sonreí con ironía—. Muy bien entonces, lo siento, su alteza. Prometo no volver a decírtelo. Ahora, si me disculpas, tengo muchas cosas que hacer.—No me digas… —me miró con sospecha—. ¿Estás pensando en beber otra vez? ¿Sabes lo dañino que eso puede ser para tu salud, verdad?—Mira quién habla —respondí, esbozando una sonrisa.Negué con la cabeza.—No te preocupes, no voy a beber. Solo necesito hacer un par de cosas antes de acostarme. Ah, y por cierto… quiero que mañana vayamos los tres a visitar a mamá.Su expresión cambió al instante.—¿Por qué me miras así? —pregunté, inquieta.—No entiendo por qué si
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