Eran los mismos puestos, dispuestos de la misma manera desordenada a lo largo de la calle del lado sur. El mismo olor: café, pan recién hecho y algo verde debajo de todo aquello; ese aroma particular y vivo de las flores y verduras recién cortadas que habían pasado toda la mañana al aire libre. Los mismos sonidos, los sonidos propios de un sábado por la mañana, cuando la gente no tenía prisa porque las prisas eran para otros días.Pero él era diferente.La última vez tenía siete años. Era lo suficientemente pequeño como para que la mano de su madre fuera lo que evitaba que la multitud se lo tragara. Lo suficientemente pequeño como para que el mercado pareciera enorme, un mundo entero comprimido en una sola calle, cada puesto convertido en su propio universo.Ya no era pequeño. Los puestos tampoco eran enormes.Y la mano que sostenía no era la de su madre.Era la de Elena.Ella había tomado su mano al bajar del auto, con naturalidad, como hacía la mayoría de las cosas: sin anunciarlo,
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