—Eso es maravilloso —dijo Laura, mirándola con orgullo—. Me alegra mucho, cariño. Ambas entraron a la cocina, donde Laura dejó las bolsas del supermercado. —Mamá, ¿hay algo de comida? Me muero de hambre —preguntó Camila, mirándola con expresión suplicante. Laura sonrió. En ese momento, su hija parecía una niña pequeña otra vez. —Claro que sí —respondió, abriendo el refrigerador—. Toma lo que puedas terminar. Camila sonrió, eligió algo, lo calentó y se sentó en un taburete de la cocina para comer. —Mamá, siempre haces la mejor comida —dijo, levantando el pulgar. Laura soltó una risita y tomó otro taburete para sentarse a su lado. —Dime, ¿conseguiste trabajo en la empresa de tu esposo? —preguntó. —Claro que no —respondió Camila, arqueando una ceja—. Nunca me rebajaría tanto. Es un idiota. Laura le dio un suave golpe en el hombro. —¡Ay! —Es tu marido ahora —la reprendió su madre. —A él no le importa en absoluto. Nos odiamos —murmuró Camila, con la voz quebrada.
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