—Señorita Isabela, he estado esperándola durante mucho tiempo.En la sofisticada cafetería, Luara Miller vestía un impecable traje blanco y negro, con el cabello largo recogido en un moño elegante y una sonrisa que iluminaba su mirada.Isabela, intrigada, preguntó:—Luara, ¿escuchaste a Natasha hablar de mí?Luara negó con la cabeza, tomó un sorbo de café y, tras un breve silencio, respondió:—Los clientes que me buscan justo después del primer contacto rara vez terminan llevando el divorcio hasta el final. Normalmente actúan por impulso. Pero en su caso, veo que lo ha pensado bien antes de tomar una decisión.Con años de experiencia, Luara ya había visto de todo. Sabía que quienes llegaban gritando o llorando solían desistir una vez que la emoción inicial se disipaba. Pero la mujer frente a ella, aunque pálida, tenía una determinación firme en los ojos.Debajo de la mesa, Isabela entrelazó los dedos y forzó una sonrisa.—Tiene razón. Mis exigencias son simples: no quiero nada, except
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