La risa de Lila todavía resonaba por la terraza cuando Taylor, con ella entre sus brazos, atravesó el porche bañado por una luz dorada. El sol de la mañana incendiaba su cabello, transformando cada mechón en un hilo de fuego. El corazón del cowboy latía al mismo ritmo que el de ella, acelerado, intenso, lleno de algo que ambos fingían controlar, pero que nunca conseguían hacerlo.Él no decía nada. Solo sonreía, aquella sonrisa torcida y peligrosa, con la mirada firme que prometía problemas y placer en la misma medida.En pocos pasos, dejó atrás la casa, la terraza y las voces que todavía sonaban distantes. El viento llevaba consigo el dulce aroma de la hierba y el olor de la tierra húmeda, mientras Lila se aferraba a su cuello, sintiendo el calor de su piel y el roce de su barba incipiente, que le
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