El porche seguía impregnado del aroma del café y del pan de queso, acompañado de risas, bromas y de las abuelas, que siguen afilando la lengua sin la menor piedad. Pero, en medio de todo aquel alboroto, Maurício se aclaró la garganta y desvió la mirada hacia Taylor.—Oye, cowboy... ¿Qué te parece si damos una vuelta? —preguntó, algo incómodo.Taylor arqueó una ceja, intrigado.—¿Una vuelta? ¿Ahora? —rió mientras le daba un suave codazo en el hombro a su cuñado—. ¿Vas a secuestrarme para escapar de la abuela?Maurício sonrió con timidez.—Si sigues provocándome, hasta podría pensarlo. Pero hablo en serio. Necesito hablar contigo.Taylor, todavía riéndose, se puso de pie y acomodó el sombrero sobre la cabeza.—Está bien. Vamos entonces.Los dos bajaron los escalones del porche y caminaron por el sendero que conducía al pastizal, bajo la luz dorada del atardecer. Poco a poco, las voces alegres que llegaban desde la casa fueron quedando atrás, sustituidas por el canto de los grillos y el
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