Punto de vista de ZaraEl aire en el salón de baile había cambiado. Ya no era el pesado y perfumado aroma de la alta sociedad; era el ozono afilado y metálico que precede a un rayo. Mi piel se erizó bajo el terciopelo morado magullado. Al otro lado de la sala, el hombre del traje gris -el fantasma de mis pesadillas- había desaparecido entre las sombras de la terraza, dejando solo un escalofrío depredador persistente a su paso.La mano de Luciano era una banda de hierro caliente alrededor de mi cintura. No me miró, pero podía sentir el cambio microscópico en sus músculos, la forma en que su cuerpo se tensaba como un resorte bajo una tensión imposible. Siguió conversando con Dante Lucchesi, con la voz suave y engañosamente calmada, hablando de territorios y rutas marítimas como si no estuviéramos parados en un pozo de víboras.-Vane -murmuró Luciano, tan bajo que apenas lo capté por encima del cuarteto.Desde la sombra de una columna de mármol, Vane apareció. No caminó; se materializó. S
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