Las semanas siguientes al ascenso de Alejandro se fundieron en un ritmo exigente de responsabilidad e indulgencia oculta. Como nuevo administrador del rancho, sus días comenzaban antes del amanecer y se extendían hasta bien entrada la noche. Supervisaba a los equipos de marcaje, revisaba los inventarios de suministros, negociaba con proveedores locales en el pueblo y se aseguraba de que los caballos recibieran el entrenamiento cuidadoso que se había convertido en su sello distintivo. Los vaqueros lo respetaban, su autoridad silenciosa, el mismo enfoque disciplinado que alguna vez había llevado al campo de fútbol en Jalisco. El pago extra significaba más dinero enviado a casa a su madre cada mes, aliviando la preocupación silenciosa que lo había acompañado desde su lesión. Sobre el papel, la vida mejoraba.Sin embargo, debajo de la superficie, los enredos personales se tensaban más con cada día que pasaba.Esa mañana en particular, Alejandro estaba en la oficina principal del establo r
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