Alicia comió otro pedazo del pastel, feliz de la vida, mientras yo daba otra mordida a mi tableta de chocolate amargo.Mi trasero aún ardía de manera tan incómoda que ni siquiera había tenido valor de sentarme en una silla al lado de Alicia. Mierda, creo que hoy voy a dormir boca abajo.— ¡Está muy rico! —exclamó con la boca llena de pastel, orgullosa de sí misma—. Somos excelentes haciendo pastel —completó enseguida, dando otra cucharada al pastel.— Si lo somos —asentí, dándole una sonrisa antes de morder la tableta de chocolate. Amaba el pastel, pero amaba mil veces más el chocolate amargo. Así que no lo pensé dos veces antes de decidir qué comer primero—. Pero creo que Laura no está muy de acuerdo con nosotras —comenté, mirando en dirección a ella, casi riéndome de sus cabellos antes negros, ahora blancos, sucios.Y no solo yo estaba casi riéndome a carcajadas de la actual situación trágica de Laura. Celma y Débora, aunque cortaban las verduras, también estaban, de vez en cuando,
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