El anuncio de Varkas dejó un eco vibrante en el salón. No era solo un contrato de negocios; era la formalización de lo que todos en la mansión ya sentían en las paredes. Al presentar a Ruda como su heredero y futuro yerno, Varkas estaba cerrando el círculo de la familia. Ruda, aún sosteniendo la mano de Caelum con una firmeza que prometía no soltarla jamás, la guió hacia el centro de la pista. Los invitados se apartaron, creando un círculo de respeto y envidia. Iván, al borde de la pista, apretaba su copa con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Ver al "sobrino" de Varkas, al que siempre había intentado mirar por encima del hombro, quedarse con la joya de la corona, era una humillación que no podía digerir. La música empezó a sonar: un vals lento, oscuro y elegante que llenó cada rincón del salón. Ruda se detuvo frente a Caelum. Con una elegancia que solo un hombre criado en esa casa podría poseer, puso su mano derecha en la cintura de ella. No era el agarre distante de u
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