La temporada de cosecha había llegado a la manada Diamante Ascendente.Los campos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, salpicados de ese blanco suave del algodón abierto que parecía nieve tardía descansando sobre la tierra oscura. El aire estaba impregnado de ese aroma seco, limpio y ligeramente áspero que siempre acompañaba la recolección, mezclado con el calor del sol y el sudor de quienes trabajaban sin descanso. Las fibras flotaban a la deriva, atrapando la luz como diminutas nubes suspendidas, posándose en el cabello, en la ropa, en la piel… como si la tierra misma respirara y exhalara abundancia.Era, sin duda, uno de los años más fructíferos que habíamos tenido.Las cosechas no solo habían superado nuestras expectativas, sino que casi duplicaban las del año anterior. Cada saco lleno, cada carro que partía hacia los almacenes, representaba estabilidad, crecimiento… poder. Porque en un reino como Sowinski, donde los recursos marcaban la jerarquía tanto como la sangre, el
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