El idilio italiano duró exactamente lo que tardaron en salir de las oficinas de alquiler de coches del aeropuerto de Florencia. El plan original, meticulosamente registrado en la tableta de Caleb, dictaba que recorrerían las idílicas colinas de la Toscana a bordo de un sedán compacto, con el aire acondicionado a veintidós grados y una lista de reproducción moderada.La realidad, sin embargo, tenía forma de un Fiat Panda de los años noventa, color verde oliva descolorido, que el empleado de la agencia les había entregado con una sonrisa culpable y la promesa de que tenía "mucho carácter".—Esto no es carácter, Iris. Esto es una trampa mortal con ruedas y tracción delantera —decretó Caleb desde el asiento del copiloto, con las piernas encajadas contra la guantera y el portátil abierto sobre las rodillas—. El indicador de temperatura del motor está fluctuando en un patrón que desafía los estándares de la ingeniería moderna.—¡Es un clásico italiano, Caleb! —protestó Iris, aferrándose al
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